Alimento que da vida

Hubo un momento de mi vida, en el que estaba pasando una situación muy dura. No fui ni la primera ni la última persona en tener situación de peso, pero era mi primera vez que yo lo sobrellevaba de frente y sin evasión. 

Por algún motivo tal vez cultural, no estuve expuesta a ver cómo alguien pedía ayuda por asuntos personales o emocionales. Lo que indirectamente asumí, fue que cada quien habría de ser responsable de su propia situación y buscar resolverla. Pedir ayuda de salud mental no era muy común en el círculo en que me desenvolvía. Lo que se asumía era que si alguien pedía ayuda, era por que “algo estaba mal”.

En otras palabras, el pedir ayuda no era muy natural para mi. Y cuando lo hacía, era porque ya estaba casi explotando de la abrumación. Para ese entonces mi búsqueda de ayuda era más una súplica dudosa, y como me guardaba todo, era como si me estuviera ahogando en un vaso de agua. 

No fue sino hasta hace algunos años , que descubrí la bendición de tener un espacio seguro donde expresar lo que hay en el interior de mi ser, y de saber elegir con quien hacerlo de manera respetuosa, confidencial, segura y amorosa. Además, hacerlo de manera constante, como parte de mi caminar en lugar de hacerlo dentro de un estado de emergencia hace una gran diferencia.

De mi parte, fue un reto grande el empezar a confiar. Mis pensamientos tenían una voz muy fuerte, y me “decían” que tal vez yo estaba exagerando. Me decían que era mejor “no molestar”. 

En fin. Me di la oportunidad, tomé el reto, y busqué un director espiritual. 

Poco apoco, mes a mes, mi propia reserva se iba suavizando. 

Más adelante, me atreví y busqué a una terapeuta. 

Cada una de estas personas me ayudó en un ángulo diferente. Mi director espiritual me ayudó con mi relación personal con Dios, y mi terapeuta me ayudó en lo relacionado a mis pensamientos y áreas subconscientes.

Aprendí, en un contexto adecuado, a compartir lo más profundo de mi vida. Y eso alimentó mi ser.

La escritura y las celebraciones eucarísticas nos introducen a Jesús como el pan vivo, pan que estamos invitados no solo a comer, sino a compartir. Jesús compartió su vida, alimentando nuestro ser. Estamos invitad@s a compartir lo que nos da vida, lo que nos alimenta.

A ti, ¿qué es lo que te da vida más allá de la buena comida? ¿Qué alimenta tu ser?

No fue inmediatamente, pero al pasar el tiempo me di cuenta que yo me encontraba mejor por haber compartido mi vida

El compartir mi vida, alimentó mi ser

Mi director espiritual y mi terapeuta, supieron no solo escucharme, sino guiarme a que yo pusiera atención en mi interior, orientándolo al amor. El hecho de yo escucharles, alimentó mi ser.

Y tú, ¿has tenido la experiencia de ser escuchad@ sin ser juzgad@?

 Fue tanto el impacto que el acompañamiento espiritual tuvo en mi, que yo quise aprender a brindar ese acompañamiento a otras personas. Y al hacerlo, ha habido retroalimentación. 

Y tú, ¿compartes tu vida? 

Cuando alguien quiere compartir contigo, ¿lo recibes? 

Si el Espíritu te inspira, comparte con Jesús carpintero lo que te da vida y alimenta. Y tal vez, descubras que el escucharnos los unos a los otros, puede alimentar nuestro ser. 

Marisol 

P.D.: Podemos escuchar acerca de que Jesús es el Pan Vivo en las lecturas de Corpus Cristi, año / ciclo A.