En la primera mitad de los años 2000, en los Estados Unidos se empezaba a hacer más accesible y popular el uso de los teléfonos celulares. Al final del siglo pasado (sí, soy del siglo pasado), los teléfonos celulares disponibles no eran muy diferentes en tamaño y peso a un ladrillo de construcción. Por esa razón, cuando se introdujeron los celulares con una pequeña pantalla, que se protegía al doblar y cerrar el teléfono, fue un gran paso en la tecnología y portabilidad de los celulares.
De la manera en la que se podía contar con el servicio, era haciendo un contrato con la compañía de teléfonos celulares. Dos años era el tiempo usual que duraba el contrato. También era usual que el precio del teléfono se incluyera en los pagos mensuales del servicio, con el compromiso de no cancelar el contrato (solo se permitía renovarlo), o el cliente pagaba una multa nada agradable.
Muchas personas decidimos contratar esos servicios celulares, y según la compañía eran los modelos disponibles. En ese momento aún no se habían sacado al mercado los teléfonos inteligentes (iPhone), por lo que la mayoría de los contratos aún incluían los datos en el plan de servicio.
Cuando los contratos estaban por vencerse, lo que hacían las compañías de teléfono celular, era empezar a ofrecer los nuevos modelos de teléfonos que para entonces eran dos años más modernos de lo que cada cliente tenía. También empezaron a ofrecer más aparentes beneficios en los servicios, ya fuera más datos, más cobertura, planes familiares, u otras alternativas.
Conforme los teléfonos se fueron modernizando, hubo un momento en el que tuve uno “más chico” que un ladrillo. El tamaño era de “medio” ladrillo. En una ocasión entré a la tienda para hacer el pago mensual. En ese momento todos los empleados estaban ocupados, por lo que mientras esperaba mi turno, lo que hice fue ver los teléfonos nuevos.
Caí presa de un teléfono que me robó el corazón. Bueno, quitando un tanto de drama, vi un teléfono que no me resistí, y compré. Como mi contrato anterior no había terminado, el protocolo era que si compraba un teléfono, el contrato tenía que renovarse también, es decir, la cuenta de mínimo dos años de servicio más el costo del teléfono, empezaba de nuevo.
Pasando el primer mes con mi nuevo teléfono, me llegó el recibo del primer mes del nuevo contrato. Y ¡oh sorpresa! El costo subió de una manera que no pude imaginar.
Luego de examinar el recibo a detalle, me di cuenta de lo que había pasado. Como cambié el teléfono anterior antes de haber terminado los dos años del contrato anterior, el saldo pendiente del teléfono anterior se incluyó en el nuevo contrato. Y tuve un dolor en el bolsillo. Aprendí esa lección.
Ya con esa experiencia, cada vez que iba a hacer el pago, me programé para solo observar los teléfonos más recientes, sin ni siquiera pensar que lo podría tener sin antes de terminar el contrato anterior.
Las compañías se hacían cada vez más competitivas entre sí, y decidí cambiar de proveedor de servicio cuando terminara ese contrato.
Cuando finalmente terminé mi contrato, supuse que era solo de llamar al servicio al cliente para solicitar oficialmente mi número de teléfono y cambiarme de compañía. Solo eso, simple. ¿Cierto?
No necesariamente.
Llegó el día y decidí llamar. Después de estar cerca de 20 minutos en espera, me preguntaban la razón de mi llamada. Les decía la verdad: “Quiero terminar mis servicios, me quiero cambiar de compañía”. Y lo que pasaba era que me transferían a otro departamento, en el que cada persona que me contestaba me ofrecía otro contrato de dos años. Luego de amablemente responder que no era de mi interés, me hacían otra oferta aún más atractiva. Y yo rechazaba cada oferta.
Cuando quien me atendía no podía convencerme, me transferían a otra persona, y a otra persona, y a otra persona. Y luego a otra persona.
Por mucho tiempo me consideré una persona paciente, y esta situación probó mis límites humanos.. Luego de haber estado con esa compañía por varios años, ya había decidido terminar la relación. Pero ellos no.
Cada vez que otra persona me atendía, lo empezaba a hacer con un buen ánimo, pero yo ya estaba lista para colgar. Y ellos de eso se basan también, al cliente no tener la paciencia de lidiar con la situación, es menos probable que se cambie de compañía.
Pero yo ya estaba harta de la situación. Muchas veces dije que no, no, no y no. Y no se estaban respetando mis deseos como cliente. Hasta una de las personas que me atendió me estaba reclamando a mi que por qué me quería cambiar. Wow, ¿de verdad? Ahora los pájaros le tiran a las escopetas.
Llena de impaciencia y frustración, llegó el momento en que estaba lista para colgar, pero al pensar que iba a tener que empezar el proceso nuevamente otro día, y volver a perder dos horas de mi vida, decidí continuar.
A la última persona con quien decidí hablar, le dije:
–Mira, Fulanito, yo se que estás haciendo tu trabajo al querer convencerme de que renueve mi contrato. Qué bueno que quieras hacer bien tu trabajo. Pero yo soy quien paga, y ya terminé mi contrato. Ahora, respétame como cliente, porque no me estas dando nada de razones para querer volver eventualmente a esta compañía. ¿Crees que con tanta insistencia me vas a seguir convenciendo? Pues estas haciendo todo lo contrario. Tú tienes el derecho de hacer tu trabajo, y yo tengo el derecho a decir, ya no quiero seguir en esta compañía.
–(Pausa del representante de servicio al cliente) Está bien Marisol, haré los cambios necesarios en el sistema para que tu número de teléfono pueda ser transferido cuando tú lo decidas.
Y a ti, ¿te ha pasado que expresas lo que no quieres y no es respetado? ¿Pudiste mantener tu postura fírmemente? ¿Cediste a la insistencia?
Hubo un momento en el que Jesús envió a sus apóstoles a compartir la Buena Nueva a todos, y les dijo a los apóstoles que podían retirarse donde no les recibieran. Wow, qué respeto para cada uno de nuestros procesos de vida. Jesús no dijo que acamparan, protestaran, convencieran, transfirieran llamadas de una persona a otra, que chantajearan, manipularan o convencieran. Dios respeta tu voluntad y mi voluntad, cuando decimos que sí, y cuando decimos que no.
En otras palabras, parece que Jesús sí nos respeta, hasta cuando decimos que no.
Tú, ¿crees que puedes decirle “no” a Dios?
En tu caso, ¿tratas de forzar tu amor y/o presencia a alguien más? ¿Cómo te va con eso?
En lo que se refiere a tu vida interior, en los aspectos más íntimos y personales, cuando tú dices que no a algo, ¿se respeta lo que quieres?
La compañía de teléfonos celulares no respetaba mi decisión de no querer continuar ya más con el servicio, y yo sentí que me querían tener cautiva, aún yo sabiendo lo que quería.
¿Sabes tú lo que quieres? ¿Te sientes libre para decir que no? ¿Te sabes libre para decir que no?
Tal vez Dios busque que cuando digamos “sí”, sea en libertad, y no por compromiso. No estoy segura que alguien disfrute la compañía de alguien más cuando es por compromiso.
Jesús, respeta tu pensar, decir, sentir, cuando dices que sí. Y también cuando dices que no. ¿Lo crees?
Jesús te respeta por que te ama.
Y si llegas a decir que no, o aún no, está bien. Dios tiene la eternidad en la palma de su mano. Nos recuerda que SIEMPRE estará con nosotros hasta el fin del mundo. Y no dice que solamente estará con nosotros si decimos que sí inmediatamente, a la primera.
Jesús,, no impone su amor, presencia o mensaje a nadie. Jesús es un caballero, pues respeta lo que tú y yo elegimos.
Si cualquiera de nosotros no queremos, o no estamos list@s para escuchar o recibir su amor, no hay problema. Como su invitación sigue ahí, constante, y respetuosa, cuando tú y yo, cuando cada uno de nosotros estemos list@s, ahí estará su amor listo para recibirnos.
Si el Espíritu te inspira, comparte con Jesús carpintero las áreas de tu vida en las que requieres decir “no”.
Y Jesús mismo, respetará tu momento de vida. Y seguirá ahí para ti. Y también para quien te dice a ti “no”.
Marisol
P.D. Podemos escuchar acerca de cuando Jesús les dice a los apóstoles que sigan adelante cuando no les reciban, en las lecturas del XV domingo del tiempo ordinario, año / ciclo B.

