En el tiempo en que mi hermano y yo estábamos en secundaria y primaria respectivamente,, recuerdo que mi mamá buscaba ser muy puntual en ofrecernos a mi hermano y a mi el desayuno y comida a horas apropiadas de acuerdo a nuestros horarios escolares.
La mayoría del tiempo recuerdo que era mi papá quien nos llevaba a la escuela, y mi mamá nos recogía.
De regreso de la escuela, mi mamá casi siempre ya había terminado de hacer la comida. La verdad no recuerdo mucho de la variedad de platillos que hayamos comido, pero lo que sí recuerdo, era que casi siempre, había algún tipo de arroz para acompañar lo demás.
En veces había arroz rojo, y otras arroz blanco con chícharos. Y en algunos otros días, era arroz blanco, que mi hermano no disfrutaba mucho. Mi mamá entonces le decía que le pusiera rebanadas de plátano, y así sí se lo comía.
En mi percepción infantil, hubo una temporada que a mi se me hizo eterna, en la que mi mamá solo hacía arroz con chícharos. Luego de algunos días de lo mismo, empecé a comerme solo el arroz, dejando los chícharos, pues ya me habían cansado. Al darse cuenta mi mamá, me insistía que me los comiera, pues decía que eran muy saludables.
Pasaron más días, y continuando con el arroz con chícharos, fue el arroz el que me empezó a aburrir. Era rico, pero…. Tras tantas veces de comer lo mismo, ya estaba lista para algo diferente.. Le dije a mi mamá::
–Ya no quiero arroz conn chícharos
A lo que mi mamá me respondió:
–Muy bien, ¿de qué tienes hambre?
Y no recuerdo que le haya respondido algo específico.
Ahora yo te comparto la pregunta que me hizo mi mamá, ¿de qué tienes hambre? En este caso, no me refiero a comida, sino a tu vida interior.
¿De qué tienes hambre?
Siguiendo la analogía de la comida, hay veces que tenemos algún tipo de antojo, que en algunas veces corresponde a una necesidad del cuerpo.
Recuerdo que durante cada uno de mis embarazos, cuando iba a las revisiones médicas de rutina, algunas veces me preguntaban qué tipo de antojos tenía, y luego se iban a los resultados de los exámenes de sangre. En algunas ocasiones para algunas mamás embarazadas, los antojos van relacionados directamente con las deficiencias del cuerpo, y de ahí dan sugerencias para compensar y nivelar lo necesario.
Te pregunto nuevamente, en tu vida interior, ¿de qué tienes hambre?
En una ocasión escuché a una muchachita de 14 años decir:
–Tengo hambre, que alguien me de de comer.
Curiosamente, ella estaba en su casa. Ella podía, con toda capacidad, levantarse de su cama, ir a la cocina, abrir el refrigerador, y calentarse o prepararse algo para su alimentación.
Por el motivo que haya sido, no lo hizo., al menos no que yo me diera cuenta. Tal vez no sabía que podía hacerlo, nadie le enseñó cómo, o tal vez tenía flojera. Pero ahí había comida. Nunca le faltó.
Hubo un momento en que mucha gente buscaba a Jesús, y se le juntó tanta que los apóstoles no sabían cómo les iban a dar de comer. Pero al final, nadie se quedó con hambre.
Aquél enorme grupo de personas que fueron alimentadas por Jesús,, no solamente quedaron satisfechas, sino que también hubo sobreabundancia. Acudieron a Jesús, y de pasada los invitó a comer.
Con Jesús, no hay carencia. Nadie se quedó con hambre.
Si tú y yo tenemos hambre, ¿será que sabemos dónde buscar alimento?O, ¿nos conformamos con quedarnos donde estamos, sinn movernos, y :a ver” qué nos cae?
Dios no es avaro, sino generoso. Dios no reserva su amor. Tal vez sea que no vemos, que no sabemos buscar en el lugar adecuado, que nadie nos ha dicho que nos podemos levantar y acudir al lugar donde está ese alimento disponible para cada uno de nosotros.
Dios satisface y está ahí listo para dar lo que necesita tu alma. ¿Te puedes levantar? ¿Te quieres levantar? ¿Sabes dónde buscar y encontrar ese alimento?
Observa tus antojos, y es posible que descubras si vienen de lugares más profundos dentro de ti. Así podrás acudir a buscar alimentar tu interior con lo que realmente necesitas.
Jesús satisface, come de lo que él te ofrece, sigue su guía.
No se trata solo de lo que Dios nos da, sino también de lo que podemos o sabemos recibir. Dios da en sobreabundancia.
Y en cuanto al llamado a compartir, tal vez la invitación sea que confiemos en que lo que tenemos para compartir, puede ser suficiente en su amor. Dios recibe lo que le damos, lo bendice, y lo multiplica.
Si el Espíritu te inspira, pregúntale a Jesús carpintero dónde puedes acudir para recibir lo que él tiene para ti, así como para darle lo que tú tienes para compartir.
Marisol
P.D. Podemos escuchar acerca de cómo muchísima gente fue alimentada por Jesús, en las lecturas del XVII domingo del tiempo ordinario, año / ciclo B.

