Estudié la preparatoria en el Instituto LaSalle de Chihuahua, donde los Hermanos LaSallistas(religiosos) organizaban una semana de misiones a algunos poblados indígenas de la Sierra Tarahumara. Fueron tres años de ir al pueblo de Basaseachi, que me cambiaron la manera de vivir la Semana Santa. Para llegar a participar, había muchísimas preparaciones de parte de la escuela, familias, y de nosotros los estudiantes.
Uno de los aspectos que más tuvo impacto en mi, fue presenciar el cambio evidente que la presencia “de los misioneros” tenía en los residentes. Y en muchos de nosotros, estudiantes de familias sin problemas económicos críticos, el cambio también era profundo.
Los grupos de estudiantes estaban a cargo de algunos adultos, que estaban con nosotros toda la semana. Esos grupos recuerdo nos llamaban fraternidades, seguidas del nombre del poblado. Con anterioridad, se acordaba que llegaríamos a hospedarnos en las instalaciones de la escuela local. A principio de los años 90’s, había cuatro salones y una cancha de basket ball. Un salón era acondicionado como la cocina, otro para trabajos manuales, y dos más para dormitorios de hombres y mujeres.
Aunque había una llave de agua, no había drenaje, por lo que los muchachos reconstruían o hacían letrinas nuevas. Cuando estudiantes íbamos por primera vez, queríamos mantener la misma higiene que estábamos acostumbrados en casa, pero era un reto grandísimo. Quienes nos animábamos a lavarnos el cabello terminábamos con un dolor de cabeza tremendo por la temperatura casi a punto de congelación.
Durante la Semana Santa, los sacerdotes estaban aún más ocupados que en otras fechas, y la razón principal de las fraternidades ir a las comunidades indígenas, era el ofrecer los servicios del Triduo Pascual. Había también un grupo de doctores, papás de algunos muchachos, que visitaban todas las comunidades y daban servicio médico gratuito.
Llegábamos el domingo de ramos, a cada población. Desde que llegábamos hasta el jueves, había grupos de estudiantes que visitábamos casas puerta a puerta para invitar a los residentes a las celebraciones y a actividades recreativas.
Estas visitas requerían que nosotros los estudiantes hubiéramos recibido ciertas instrucciones adecuadas acerca de la cultura Rarámuri. Esta orientación se nos daba desde antes de salir.
Como para muchos de nosotros era la primera experiencia en un contexto tan diferente al propio, era indispensable que conociéramos algunos aspectos básicos.
Algunos puntos que se nos subrayaban al visitar casas eran:
-Siempre ir en grupos de dos o tres personas, nunca solos.
-El grupo de personas habrá de incluir un varón.
-Si se nos invita y ofrece algo de comer, consumir lo que se nos ofrece.
Este último punto era uno de los que más se nos enfatizaba.. Aunque los residentes eran muy pobres, cuando nos daban algo, nos daban casi siempre de lo único que tenían, en veces hasta lo último que tenían.
Se nos explicó, que cuando se rechazaba lo que se nos ofrecía, era considerado como una ofensa.
Estas comunidades eran realmente pobres, y era realmente poco lo que tenían. Aún así, nos explicaban, que para ellos, el que un misionero comiera de lo que ellos ofrecían, era un gran gusto, a pesar de que lo que ofrecieran pudiera ser casi, o lo único que tenían para comer para esos días.
En contraste, para nosotros los estudiantes, el comer en las casas no era algo que anticipáramos, pues no era comida a la que estábamos acostumbrados. No recuerdo que ninguna casa tuviera refrigerador, y los Rarámuris no desperdiciaban o tiraban la comida. La guardaban hasta que se la terminaban toda.
Esto quería decir, que en veces lo que se nos ofrecía, además de ser inusual para nosotros, podía estar muy seco, salado, sin sabor, echado a perder, o combinado con algo que tal vez estaba echado a perder.
Era necesario, por respeto a la cultura, consumirlo..
Eramos después nosotros quienes, al regresar a la fraternidad, donde contábamos nuestras aventuras de qué era lo que habíamos comido. Y otros francamente, nos quejábamos.
Los Rarámuris, nos daban de lo que tenían, nos daban su comida, su atención, y su silencio. La gran mayoría eran muy reservados con nosotros los Chabochi (mestizos). En las visitas, no había mucha plática, escuchaban y ponían atención, pero casi no respondían.
El contraste en el tipo de vida entre los residentes de los poblados, y los estudiantes misioneros, era grande. Y aún así, los Rarámuris daban lo que tenían, en su totalidad, sin reservas y sin dudas.
A ti, ¿qué es lo que Dios te da?
Cuando tú das algo, ¿cuál es tu postura interna?
Hubo una temporada en la ciudad de Chihuahua, aproximadamente también a principio de los 90’s, que recuerdo que muchas familias Rarámuris iban a la capital del estado a buscar recursos para sostenerse.
Poco a poco, las esquinas de las calles principales empezaron a reflejar la presencia de estas familias. Usualmente lo que se veía eran madres de familia, conn mínimo tres hijos de menos de diez años.
Mientras los autos esperaban su turno en el semáforo para seguir adelante, era cuando los niños se acercaban a las ventanas de los conductores con la mano extendida, y decían:
–Korima
Luego alguien me explicó, que pedir “Kórima”, era diferente al pedir limosna. “Kórima” es más como, “comparte conmigo de lo que Dios te da, que yo compartiré contigo de lo que Dios me dará”. El Rarámuri tiene una profunda confianza en que Dios provee para todos.
No hay palabra exacta para traducir al español, sino es más bien el concepto de compartir con quien menos tiene en ese momento. Compartir para ayudar.
Hay un momento en el que Jesús se da a sí mismo como pan de vida. Jesús se comparte.
La invitación puede ser que cada uno de nosotros nos demos también a los demás como pan de vida. El pan se comparte, se parte con… los demás, con el prójimo.
Y tú, ¿te compartes?
¿Te ha pasado que luego de estar un rato conn alguna persona, te sientes animad@, con más energía?
El alimento da vida. Lo que compartimos entre nosotros, también puede dar vida. Lo que nos decimos, la manera en la que nos decimos, la manera en cómo convivimos. Todos estos aspectos, pueden dar vida, como la da el pan.
Tal vez podemos empezar por vernos al los ojos cuando hablamos los unos con los otros, reconociendo nuestra presencia el uno ante el otro.
¿Te gustaría ofrecer vida a alguien más? ¿Cómo podrías ofrecer esa vida a alguien más?
Es igual de importante reflexionar en lo que ofrecemos, y en lo que permitimos que llegue a nosotros.
No toda la comida es saludable. Hay comida chatarra, que llena, no alimenta y hasta hace daño.
Para aquellos jóvenes misioneros que éramos en los 90’s, la comida no habrá sido nada parecido a lo que estábamos acostumbrados. Sin embargo, nos dio tanta vida. Fuimos nosotros quienes recibimos Kórima.
Si el Espíritu te inspira, observa lo que permites recibir, y lo que ofreces. ¿Recibes vida? ¿Das vida? ¿O… no?
Según lo que recibes y das, ¿te invita Dios a hacer un cambio?
Marisol
P.D. Podemos escuchar acerca de cómo Jesús se presenta como el pan de vida, en las lecturas del XVII domingo del tiempo ordinario, año / ciclo b.

