Celebrar lo grande y lo pequeño

Hace tiempo, un amigo a quien llamaré Pedro, me compartió una situación que le era difícil.

Sus papás, hermanos y hermanas habían llegado a Estados Unidos varios años atrás, de manera ilegal. Había mucha dificultad en su país de origen, y varias familias juntas tomaron la desición de emigrar. Pedro era muy pequeño, como de 3 o4 años. 

Pasaron varios años antes de que pudieran establecerse. Poco a poco la familia fue encontrando un modo de vida con integridad, seguridad y bienestar.

Sin embargo, Pedro y su familia sentían algo parecido a una sombra sobre ellos, debido a su estado migratorio.

Cuando les fue posible, empezaron a buscar recursos legales para regularizar su estado migratorio. Tuvieron consultas con varios profesionales, mas aún no estaban del todo seguros con quien trabajar. Ellos estaban al tanto de muchos otros casos en los que conocidos de ellos caían presa de aparentes “profesionales”, y las consecuencias no eran buenas.

A algunos de sus conocidos les cobraban muchísimo dinero por el trámite, y a otros el proceso parecía tomar muchísimo tiempo más que a otros con una situación prácticamente igual. Luego se daban cuenta que la persona que les estaba”ayudando” no había ni siquiera entregado los documentos para empezar el trámite.

La incertidumbre, el miedo a una posible deportación y tener que regresar a su país de origen los tenía con los nervios a flor de piel.

Lo que sus padres decidieron, fue encontrar a otra persona diferente que les ayudara. Se dieron cuenta que algunos de sus conocidos habían tomado la decisión con quien trabajar un tanto apresurada. 

Por fin, luego de invertir tiempo y dinero en varias entrevistas, encontraron a una persona con la que ellos se sintieron bien para trabajar.  Ya tenían tiempo ahorrando para el trámite legal, por lo que el costo para ellos no fue tan pesado.

Pedro aún era algo chico cuando esto sucedió, y él me compartió que lo que él recordaba más de parte de sus padres, era una sensación de miedo.

El ser indocumentado era un tema que no con muchos fuera de su familia se hablara.  Era un tema de dolor, silencio, vergüenza. 

Pedro no recuerda cuántos años han de haber pasado entre la fecha en la que se empezó el trámite de legalización, y la fecha en la que recibieron la gran noticia de que ya eran residentes legales. Fue un gran peso el que se quitaron de encima.

Ellos, como familia, estaban muy agradecidos con la persona que contrataron para el trámite legal. Dieron los pasos necesarios, y el trabajo en conjunto dio un resultado a favor de ellos como familia. 

Estaban tan contentos, querían celebrar y compartir la noticia con sus amistades más cercanas. Pero algo los detuvo.

Algunas de esas mismas amistades y familiares con quienes querían compartir la noticia, aún no tenían información  de sus respectivos trámites, y, algunos otros, hasta habían sido estafados por otras personas que resultaron no ser competentes.

Querían celebrar, pero se sentían culpables.

Y tú, ¿tienes algo qué celebrar?

¿Sabes con quién podrías celebrar sin que “se sienta mal”?

El primer milagro de Jesús sucedió en una celebración, en una fiesta. En esa fiesta también estaba María, su mami, y sus amigos. ¿El motivo de la celebración? Lo que hoy conocemos como las bodas de Caná.

Podemos ver una celebración como el compartir nuestra alegría. ¿Cómo es para ti cuando alguien cercano te comparte algo significativo que le ha pasado?

Los novios que celebraban  su boda, invitaron a mucha gente.

Pedro y su familia no sabían con quien celebrar. No querían que se interpretara que su alegría representara dolor o incomodidad para quienes no habían tenido noticias favorables aún.

Luego, se preguntaron otra cosa. ¿Quién estaría realmente alegre de compartir ese gran logro? O, ellos mismos, ¿con quién estarían felices de celebrar si la situación fuera a la inversa?

Parece que María, en las bodas de Caná, quería seguir celebrando y que continuara la fiesta. Al ella notar que ya no había vino, lo comentó con Jesús, y tenemos lo que hoy conocemos como el primer milagro de Jesús.

Sea grande o sea pequeño, ¿qué te gustaría celebrar que aún no lo has hecho?

¿A quién puedes invitar?

Y cuando alguien te comparte su alegría, ¿La puedes recibir? María y Jesús sí pudieron. La fiesta siguió siendo de los novios.

Pedro y su familia decidieron celebrar, con quienes ellos sabían que iban a compartir su alegría, y con quien ellos igualmente se alegrarían si la situación fuera a la inversa. 

Si el Espíritu te inspira, comparte con Jesús carpintero qué te gustaría celebrar, sea grande o pequeño. Y tal vez, si invitas  a María, ella te apoye a  extender tu celebración.

Marisol 

P.D. Podemos escuchar acerca de celebrar con Jesús y María  en las lecturas del II domingo del tiempo ordinario, año / ciclo C.