Como hace algunos años tuve dos accidentes de automóvil en un lapso de un año, mi espalda resintió los impactos. Desde entonces, los largos ratos de tiempo estando sentada habían sido un gran reto para mi. Para sobrellevar la incomodidad y malestar al estar sentada, era necesario para mi el levantarme, caminar y cambiarme de posición constantemente.
Pasando un poco de tiempo, pude regresar a hacer ejercicio ligero, y descubrí que eso era un gran alivio para mi espalda.
Por esa razón, he tenido que organizar mi tiempo cuando estoy sentada trabajando, para permitir lapsos de tiempo y levantarme. Mi espalda me lo pide, pero a veces mi mente quiere seguir. Hay veces que estoy tan concentrada, que no quiero levantarme. Es una tensión interna que me ha tocado sobrellevar.
Conforme ha seguido pasando el tiempo, el ejercicio ha sido un compañero constante que mi espalda me reclama cuando no lo hago.
Recuerdo muy claramente una semana en particular en la que tenía asuntos extra de trabajo. Esto quería decir que era necesario estar ante mi escritorio sentada por más tiempo del habitual.
Y busqué organizar mi horario para también hacer un poco de ejercicio, y poder pasar el tiempo necesario trabajando. Y funcionó por unos días, hasta que ya no funcionó.
Después de cuatro días de trabajo más intenso, mi cuerpo estaba más cansado. Me di tiempo e hice algo de ejercicio con la intención de seguir trabajando. Oh sorpresa, después era mi mente la que ya no daba más.
Empezaron a surgir pensamientos nada agradables. Mi mente me cuestionaba de todo y por todo. Que por qué hago lo que hago, por qué no hago lo que no hago, y hasta cómo se me ocurría creer que lo que hacía o dejaba de hacer iba a funcionar.
Pensamientos críticos, que si alguien más me los hubiera dicho en voz alta, le hubiera puesto un alto.
Y a ti, ¿te ha pasado que te criticas como si lo disfrutaras?
A mi,, me tomó un tiempo ponerme el alto. Me puse de pie, caminé un poco, y me pregunté:
-¿Quién me condena?
Cierto, yo misma me puse mis metas, pero no había ninguna tragedia de por medio. Me di cuenta, que en ese momento necesitaba una pausa.
Suspiré profundamente, y me empecé a echar porras yo solita. Jajaja.
En otro momento, no hubiera podido poner un alto a mi auto crítica. Hubiera seguido y seguido y seguido. Eso era lo ordinario para mi.
¿Qué es lo ordinario para ti?
En unas palabras que no parecen tener lógica, Jesús pregunta a sus discípulos:
-Si aman a los que los aman, ¿qué tienen de extraordinario?
Hmmm
Sutil manera de ser invitados de ser ordinarios, a ser extraordinarios.
Te invito a que recuerdes cuál es tu manera habitual de hablarte, de tratarte. ¿Qué tanto te amas, te perdonas, o te juzgas y te condenas?
Para ti, ¿Cuál es tu manera ordinaria de ser? ¿Cuál sería tu manera extraordinaria de ser?
Y de pilón, Jesús nos da la regla de oro:
-No hagas a los otros lo que no quieras que te hagan.
Porque como lo hagamos con nosotro@s mism@s, lo haremos con los demás.
La invitación es a amar, perdonar, a dar.
¿Dónde practicamos tú y yo el amar, perdonar y el dar? Que tal si el espejo fuera buen lugar para empezar.
Entonces, qué tal sería empezar contigo mism@, ¿qué es lo que no quieres que te hagan? ¿Cómo te tratas a ti mism@?
Hacer lo que se espera, ¿qué tiene de extraordinario?
¿Quieres ser extraordinari@?
Parece que Jesús nos da la manera en cómo queremos ser medid@s. ¿Con qué referencia te gustaría ser medid@?
Si el Espíritu te inspira, pregunta a Jesús carpintero cómo puedes practicar contigo mism@ el amar, perdonar y dar. Y tal vez, descubras que empiezas a amar, perdonar y dar a los demás extraordinariamente.
Marisol
P.D. Podemos escuchar acerca de la invitación a ser extraordinarios en las lecturas del VI domingo del tiempo ordinario, año / ciclo C.

