Com-partiendo el pan de tu vida 

De niña, por alguna razón algunas de las palabras del momento de consagración en misa se me quedaron bien grabadas desde la preparación para mi primera comunión. No entendía mucho (o más bien nada jajaja), acerca de a qué se referían o en qué parte de la vida de Jesús estaban basadas. Lo que más recordaba  era:

-Tomen y coman, que esto es mi cuerpo. Toman y beban que esto es mi sangre.

Okay, me fui familiarizando con estas palabras cada vez más, tal vez por que había que ponernos de rodillas, y mimamá era muy buena para invitarnos a las posturas adecuadas.

Conforme iba creciendo, poco a poco fui relacionando las palabras de la consagración con el relato de la última cena. 

En cuanto a la imagen de la última cena, yo estaba muy familiarizada con el arte que la representa. Mi abuelita tenía un cuadro de la copia de Leonardo da Vinci en el comedor. Todas mis tías y mi mamá también tenían una versión artística igual o diferente de la misma escena. 

Después caí en cuenta de que en las casas de mis amigas, también estaba alguna representación de la misma escena. A veces eran cuadros, o también me tocó ver imágenes de bulto. Algunas de imitación marfil, con o sin color. El ver esa escena en los comedores se volvió familiar para mi.

Curiosamente, nunca se me había ocurrido preguntar por qué era normal. Era como tener la pregunta en la punta de la lengua, y casi saber la respuesta. Hasta que una vez, sí le pregunté a mi mamá:

-¿Por qué todos tienen una última cena en sus cocinas o comedores?

A lo que mi mamá me respondió:

-Es una manera de pedirle a Dios que provea para los alimentos de cada día, y al mismo tiempo, agradecerle por lo que nos da.

-Oh, ¡okay!

Y me fui a seguir jugando.

En esa temporada, aún no había empezado a poner atención en el relato bíblico, que se trataba de celebrar la pascua y de lo que pasaría después de la cena. Aún estaba muy entretenida imaginándome a qué sabría la comida dibujada en los cuadros.

Algunos años más delante fue cuando escuché que Jesús era el pan de vida. Lo único que pude recibir en ese tiempo, era la frase “Jesús es el pan de vida”, pero no tenía curiosidad para preguntar qué era lo que significaba. Hasta que sí la tuve. Pero el tenerla no me llevó a preguntarle nada a nadie.

En esta ocasión, no tenía la pregunta en la punta de la lengua, sino más bien me preguntaba ¿cómo puede Jesús ser el pan de vida? Entonces, yo también estaba tomando la pregunta de manera literal, y mi mente de niña curiosa buscaba respuestas literales. Esas respuestas literales encontraron un reposo parcial interno en las clases del catecismo. 

En completa transparencia, no hice la primera comunión a los 7 años en los que se acostumbra en la mayoría de la formación católica. Por alguna razón, yo tenía 12 años cuando mi mamá me puso en la formación para la primera comunión, por lo que mi curiosidad era diferente a la de l@s niñ@s de 6 y 7 años.

Dentro del catecismo fue donde pude hacer la conexión entre la frase “Jesús es el pan de vida” y la eucaristía, y la frase tomó un sentido que antes no podía entender. 

-¡Wow!

Pensé. 

-entiendo pero no entiendo.

Jajaja.

Eso fue suficiente para mi en ese momento, y me sostuvo por años, y años, y años.

Y muchísimos años después, dentro del tiempo de pandemia tuve la oportunidad de estar en una clase en línea, donde se abordaba en tema de compartir de una manera que antes yo no había experimentado. Entre otras áreas de enfoque, había un momento llamado “compartida”. Ese momento se convirtió en una parte muy sagrada para todos los participantes.

En otras experiencias, había formado parte de momentos de compartir, que se les llamaban pastoreo, momentos de reflexión, círculo de la verdad, o simplemente momento de profundización. Todo dependía del contexto. En todas estas experiencias anteriores, la dinámica era mas o menos igual. Una persona comparte su experiencia, y todos escuchan. La o las personas a cargo tal vez hacen algún comentario mínimo.

Pero en esta clase, hubo algo muy diferente.

Se nos dijo algo así:

-Lo que cada quien va a compartir, es su vida, y es sagrada. Así como Jesús compartió su vida que alimenta, el compartir nuestras vidas también nos puede alimentar. Recibamos lo que los otros comparten con confidencialidad, respeto y reverencia.

¡¡¡Wow!!!

Esas palabras llamaron tanto mi atención, o más bien la secuestraron, que recuerdo que me fue difícil poner atención a lo que la primera persona compartió. 

Y la pregunta que surgió en mi fue:

-¿Nuestras vidas también pueden ser pan de vida?

Si antes me había gustado escuchar a las personas, ahora encontré una manera de de gustar y disfrutar aún más lo que escuchaba. Ese compartir, era compartir el pan de la vida. 

En el evangelio, en la última cena, Jesús dice:

-Hagan esto en memoria mía.

Además de las celebraciones eucarísticas que atendemos, ¿cómo recibes el pan de la experiencia de vida de los demás? 

¿Recibes el pan de vida de la experiencia de los demás?

¿Te das la oportunidad de partir-con alguien el pan de tu vida?

Jesús ha com-partido su experiencia de vida contigo y conmigo. ¿Recibes su experiencia?

¿Puedes – o quieres– partir-con Jesús el pan de tu experiencia de vida?

Si el Espíritu te inspira, comparte con Jesús carpintero cómo te gustaría ser escuchad@. Y tal vez, te encuentres siendo alimentad@ por su respuesta. 

Marisol 

P.D. Podemos escuchar acerca de lo que com-parte Jesús en la última cena en las lecturas del domingo de ramos, año / ciclo C.