Compartir el fruto

Ser una madre primeriza es una aventura en sí misma. Todo lo que había leído, escuchado, preguntado y visto no se comparaba a la experiencia de tener a mi bebé, Jessica,  y navegar esos primeros meses.

Tuve la bendición de que mi mamá estuvo conmigo intermitentemente durante esa etapa. Yo veía cómo mi mamá tenía ese llamado sexto sentido con mi pequeña Jessica, y parecía conocer un idioma que yo nisiquiera escuchaba.

Aunque sí fui aprendiendo poco a poco el ser mamá de mi recién nacida, el proceso de aprendizaje parecía empezar de nuevo cada vez que mi hija entraba a una nueva etapa de crecimiento.

Cuando Jessica tenía la edad adecuada, le empecé a ofrecer algo de comida sólida. Papillas, calditos, verduras cocidas o frutas.

En una de esas visitas de mi mamá, fuimos a la tienda a comprar comida como lo habíamos hecho en otras ocasiones. La diferencia, fue que mi mamá encontró una fruta que ella hacía tiempo que no veía, la nectarina.

Mi mamá me dijo:

–La nectarina es deliciosa, es un injerto o algo así. Llevemos varias, y verás que le encantarán a la bebé.

Jessica tendría mínimo entre dos y cuatro dientitos, y era de muy buen comer. Mi mamá decía que se le antojaba lo que mi hija comía solo de ver cómo disfrutaba sus alimentos. Como para mí era lo normal, no había caído en cuenta de eso, que Jessica se deleitaba a la hora de comer.

Ya en casa, luego de haber lavado bien la nectarina, mi mamá estaba ansiosa de dársela a Jessica. Se la sentó en las piernas, y con varias servilletas cerca, le acercó la nectarina.

Y, Dios mío. ¿Le gustó? ¡Le encantó!

Era tan gracioso verla, toda embarrada de la pulpa, y como la nectarina estaba jugosa y en su punto, le escurría jugo luego de cada mordida.

El tono de piel de mi hija Jessica es muy blanco. Cuando empezó a probar la nectarina, sus labios se pusieron rojitos. Mi mamá sostenía  la nectarina, y Jessica se le dejaba ir, tomaba las manos de mi mamá para que le acercara la nectarina.

En esa temporada, la nectarina se convirtió oficialmente en la fruta favorita de mi pequeña.

Y a ti, ¿te ha tocado probar un fruto en el cual te deleitas?

Aunque Jessica estaba pequeñita, mi mamá y yo nos sorprendimos por que sí se terminó la nectarina.

Hay un momento en el que la carta de  Santiago expresa que la palabra De Dios está injerta en nosotros, además de ser capaz de dar vida.

Y tú, ¿puedes descubrir esa palabra de vida injerta o plantada en ti?

Lo que mi hija Jessica disfrutó con tanto gusto fue el fruto, no la semilla. Aunque mi mamá tenía cuidado de darle la pulpa manteniendo el hueso aparte.

En tu vida, ¿encuentras semilla? ¿O encuentras fruto?

Cuando aún no llegamos a ver fruto en cada uno, no necesariamente puede significar que algo está mal en nosotros. Una semilla es una semilla, Y el fruto es el fruto. Para que la semilla crezca adecuadamente hasta el punto de dar fruto, tiempo y cuidado son necesarios.

Y cuando menos nos damos cuenta, ya hay un fruto, dulce, jugoso, maduro y en su punto. Lo podremos compartir, y nos dará el alimento y fuerza necesarios para trabajar.

Compartiremos, y nos deleitaremos junt@s.

Si el Espíritu te inspira, comparte con Jesús carpintero las semillas y / o frutos  que encuentres plantados en tu vida, y tal vez se deleiten juntos.

Marisol

P.D. Podemos escuchar acerca de la palabra injertada en nosotros en las lecturas del XXII  domingo del tiempo ordinario, año / ciclo B.