En mis estudios de postgrado hubo un montón de clases que me gustaron mucho. Intelectualmente me enamoré de muchas materias, y la manera en cómo los profesores guiaban el material, cómo interactuaban con y entre nosotros fue fascinante para mi.
Los grupos reflejaban diversidad, y no es hasta que yo he estado en posturas de enseñanza, que me doy cuenta que puede llegar a ser un gran desafío.
Sería muy fácil pensar y actuar asumiendo que el grupo es igual, sus miembros piensan igual, responde igual y que han vivido lo mismo. Y este escenario hipotético facilitaría la instrucción y presentación del material.
En cada clase no éramos necesariamente las mismas personas, pues cada quien lleva su plan de estudio de acuerdo a su concentración y al ritmo de estudio personal.
Pero hubo una serie de clases que aunque me gustaba, me empezó a inquietar. Eran las clases de espiritualidad, en particular, las que tocaban en temas de vida de místicos y contemplación.
Anteriormente, mi percepción de un místico contemplativo era una imagen igual de cercana y romántica como las imágenes de bulto en las iglesias. Imágenes que representan a santos de varios siglos atrás. Lindas imágenes que supuestamente han de inspirar a una vida de fe, pero que en mí evocaban algo inalcanzable.
Personalmente, esa percepción empezó a cambiar gracias a una de las clases más impactantes de mi vida adulta, la clase de Espiritualidad Ignaciana y Discernimiento.
Esa clase, guiada por un gran maestro, tocó absolutamente todas las áreas y dimensiones de mi ser, en mi pasado, presente y futuro. Y no exagero.
Antes de esta clase, tenía una manera de pensar y de vivir. De ver y de filtrar mi realidad. Y la verdad era muy cómodo, pues yo me daba la razón de todo. Bastante conveniente para cualquiera…
Como parte de la clase, necesitábamos escribir ensayos semanales. Gracias a las becas con las que cursé mis estudios, puse todo el esfuerzo de mi parte para aprovechar la oportunidad. Y aunque el inglés no es mi primer idioma, me esforcé lo mejor que pude..
En una ocasión, una compañera me compartió lo que el profesor le escribió en uno de sus ensayos. Le escribió que ella necesitaba ir más profundo.
Como eso fue al principio del semestre, las dos nos rascamos la cabeza preguntándonos qué era lo que quería decir.
Luego de algunas clases, mi compañera le preguntó al profesor, y ella supo entonces qué hacer.
En esta cronología, ahora voy al final del semestre. Todos los asistentes tuvimos una gran y profunda transformación interna.
Y en mi caso, lo pude notar de una manera drástica.
Ya no era dejar de pensar y vivir de cierta manera, sino de cómo pensaba y vivía. Dejó de ser de lo que veía y filtraba, a de cómo veía todo, incluyendo lo que filtraba.
¿Qué me había pasado? ¿Qué nos había pasado a todos durante el curso?
Una manera sencilla y personal de describir lo que nos pasó a todos, fue que nos permitimos ser amad@s por Dios por medio de la experiencia de la espiritualidad Ignaciana.
En una frase breve, nos dejamos amar.
Y tú, te permites recibir el amor De Dios?
El amor incondicional que nos permitimos recibir fue solo el principio, pues el alcance de esta experiencia traspasó nuestro propio entendimiento.
Después supe que lo que experimentamos, se puede identificar como vivir la contemplación en acción. Esa es la manera Ignaciana de expresarlo, mas much@s otr@s sant@s tienen su manera de articularlo.
Mis oraciones muchas veces eran pidiéndole a Dios que me cuidara o que evitara algo malo que me pasara. Y aunque es válido, eso no quiere decir que cuando suceden cosas no agradables “Dios no escuche”, o “no quiera responder”.
Dios ya no fue la deidad “viviendo en el cielo”. Yo era amada, y eso era Dios en la tierra. Y sigue siendo Dios en la tierra, en nuestra experiencia humana.
Ya no era que Dios no me amara, era que me di permiso de ser amada en todo momento, lugar y tiempo de mi historia. Y el darme permiso de vivir así, fue lo que cambio que podía ver la vida de otra manera, sin querer taparme los ojos, sin negar la realidad, sin pretender que asuntos dolorosos no estaban sucediendo.
El saberme amad@, me dió una manera de ver, sabiendo que nunca estoy sola, sino siempre acompañada.
¿Cómo percibes a Dios en tu vida? ¿qué tan lejano o cercano lo percibes?
En la escritura se nos recuerda que Dios tiene una nueva morada con el ser humano, que Dios hace todo nuevo. Al Dios vivir con nosotros, siempre estamos acompañad@s.
¿Será que esa nueva morada es nuestro corazón abierto a recibir amor incondicional?
Para ese entonces, yo ya había tenido años de trabajo pastoral, vivencias en diferentes expresiones de evangelización, y apoyaba en diferentes áreas ministeriales. Aún así, fue hasta este entonces, en este contexto de estar acompañada por alguien entrenado firme y amorosamente, que pude darle una mirada larga y amorosa a mi realidad, por dolorosa que hubiera sido.
En la historia y en las circunstancias actuales de tu vida, ¿te sientes amad@? ¿Te sabes amad@?
¿Qué necesitarías para darte permiso de saberte amad@?
Aquellas imágenes de sant@s que en un momento fueron solo bellas,lejanas y románticas, es como si se hubieran bajado del pedestal. Est@s sant@s, me han compartido por medio de sus escritos, de cómo se han dejado amar por Dios, enraizándose en su vida cotidiana, dándole una nueva morada a Dios. Ya no se trataba de lo que veían, sino de cómo veían lo que veían: con amor.
Si el Espíritu te inspira, comparte con Jesús carpintero si te gustaría sentirte y saberte amad@. Y tal vez, puedas ver esa morada donde Dios vive contigo.
Marisol
P.D. Podemos escuchar acerca de la nueva morada De Dios en las lecturas del V domingo del tiempo de pascua, año / ciclo C.

