Experimentando el enojo desde el corazón

Hubo un tiempo en mi infancia que imaginaba el cielo como el premio máximo, y que esta vida era como una carrera de eliminación, donde las personas que mejor se desempeñan, son quienes llegan primero, y el resto… pues que se conformen con el purgatorio.

En esa etapa de mi infancia, imaginaba que la iglesia era como una antesala al cielo, y que si no me portaba excelente, pues arriesgaba mi entrada final al cielo.

En casa, antes de salir a misa, era de prepararnos, irnos bien guapos. Era un lugar donde familias se encuentran, se saludan y platicaban brevemente antes o después del servicio. Algunas veces, saliendo nos íbamos a comer a algún lugar.

En mi familia, como en muchas otras, el ir a misa requería ponernos ropa un poco más elegante que el resto de la semana. En mi caso, era ocasión de ponerme algún vestido, y mi mamá invertía un tiempo adicional en hacerme un peinado de su preferencia.

Pasando el tiempo, le preguntaba a mi mamá para qué arreglarnos tanto. A lo que ella me respondía: “Es que Dios nos ve cada domingo, y pues qué mejor que nos vea guapos”. Esa respuesta fue satisfactoria para mi mente de entre 6 u 8 años.

En su momento no me di cuenta, pero lo que eso fue causando en mi, fue una creencia de que solo me habría de mostrar a Dios cuando estaba bien vestida, y solo en mi mejor conducta. Aunque entiendo el propósito, hubo algo que percibí de manera incompleta.

Es cierto, Dios seguramente se alegra al vernos juntos en comunidad, en la fiesta que es el servicio dominical. Se nos decía que la misa es una fiesta, y que por eso había que ir con ropa de fiesta.

¿Cuál fue tu experiencia? ¿Qué sensación tenías al prepararte para ir a la iglesia?

Mis conclusiones tempranas, fueron que Dios estaba en “su casa” (el templo), esperándonos cada domingo para una fiesta en la que muchos otros niños y adultos, nos quedábamos dormidos. Al final, el festejo era cuando salíamos, pues yo podía volver a “ser niña”, y no una muñeca que se sienta siempre bien.

Ahora puedo ver esa etapa de mi crecimiento con ternura, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que asumí que la manera de presentarse a Dios, tenía que ser solamente la mejor. Y lo que yo entendía que era solo lo mejor, era sin faltas, errores, malas conductas, confusiones. Es decir, “lo malo” no se le muestra a Dios. El arreglarnos con ropa dominguera, se transmitió a también arreglar la apariencia del alma.

Tal vez muchos de nosotros, alguna vez llegamos a escuchar comentarios de que “es malo enojarse”, y hay que evitarlo a toda costa, pues lo bueno es ser una persona agradecida. Lo que esto ocasionó en mi, fue el asociar el estar enojada, con algo malo.

¿Cuál fue tu experiencia con sentirte enogad@? ¿Qué pensabas o sentías cuando veías al alguien enojad@?

Personalmente, me tocó estar en sicoterapia, en parte para integrar a mi vida mi emoción de enojo.

Después, fui aprendiendo, que el enojo no es bueno ni malo. Es infformación. Lo que es bueno o malo, es lo que hacemos con el enojo.

Te quiero compartir un ejemplo que me dieron, y que me ayudó  muchísimo. ¿List@? Las emociones, se pueden entender como las luces en el tablero de tu carro. Cuando alguna se prende, te indica que hay algo a lo que hay que ponerle atención. Cuando le pones atención, la luz se apaga. Si no le pones atención, y la ignoras, además de que sigue encendida, puede haber un daño cada vez mayor.

El enojo es una emoción que es parte de nuestra humanidad, nos informa que hay algo a lo que hay que poner atención. Tal vez sea una injusticia, o límites personales que no son respetados, abusos, mentiras, u otras cosas.

El enojo existe, y cuando lo ignoramos, como las luces del tablero de nuestro carro, el resultado no es bueno. A la larga, el daño es mayor. Sin embargo, cuando nos mueve a actuar de manera apropiada, es muy sano.

El aprender a vivir y a convivir sanamente con nuestro propio enojo, puede ser un arte.

Una vez mi carro estaba fallando, y se sobre calentó rápidamente mientras manejaba. Era un gran riesgo que siguiera manejando. Me encontraba en una carretera en hora de mucho tránsito, y decidí detenerme hasta que la temperatura bajara.

Ha habido momentos en los que el enojo me satura, y lo sano ha sido detenerme, hasta que sea sano para mi. El llegar a este punto me ha costado muchos, muchos errores.

Y a ti,  ¿cómo te va con tu enojo? Lo manejas, o te maneja…

A Jesús, conn su enojo, pues le fue… causó controversia con sus acciones, y asumió las consecuencias. No se escondió, ni le echó la culpa a nadie por lo que hizo mientras estaba enojado. Y este es un gran ejemplo de tomar responsabilidad de las propias emociones.

Sea o no sea domingo, ahora podemos practicar el mostrar el alma e interior a Dios esté como esté. Esa práctica, es un arte, que podemos seguir trabajando desde el interior, desde el corazón.

Nadie más lo puede hacer por ti, y nadie más lo puede hacer por mi.

Marisol

P.D. Para escuchar el relato de cuando Jesús estuvo muy enojado, te puedes referir al evangelio del III Domingo del tiempo de cuaresma, ciclo B.