Levantarnos y resplandecer 

Hubo un momento en mis estudios de postgrado que estaba muy abrumada. Las clases eran en inglés, y el español es mi primer idioma. 

Por obvio que esto es, yo no lo estaba tomando en cuenta. 

Había unas clases más densas que otras, y había otro grupo de clases que estimulaban otra parte del ser, diferente al intelecto, pero que eran también muy desafiantes. Estas últimas clases llegaban hasta a tocar el alma y la propia historia.

Intermitentemente, según las clases y los días en las que se ofrecían, había semestres que tomaba dos clases en un día, otros en los que tomaba una clase, y otros en los que tomaba dos clases en dos días diferentes. 

El primer año aún no sabía cómo elegir mejor  mis clases según el plan de estudios. Me basaba en los días que yo tenía disponibles por las tardes, sin tomar en cuenta si la combinación de clases que elegía era lo adecuado para mi situación.

Los primeros cuatro semestres fueron para mi un ejemplo de cómo no elegir clases. Aún me estaba familiarizando con el idioma a nivel postgrado. Entré muy valiente, pensando que los profesores me tendrían algo de consideración por ser hispanohablante, pero no fue así. Los profesores además de enseñar su materia, nos guían a saber escribir de manera adecuada, y para eso el manejo adecuado del idioma inglés es un requerimiento. 

Como se dice coloquialmente, a gritos y sombrerazos hice lo mejor que pude. Pero ya para entrar al cuarto semestre la confianza en mis capacidades estaba ya muy baja. Entregaba trabajos tarde, y cuando me los regresaban revisados el resultado no era necesariamente el que yo hubiera querido. Cada semestre, a pesar de la alegría de estar en el programa, me pesaba más, y dudaba de poder llegar a titularme.

Una clase en particular tenía fama de ser muy pesada, la clase de teología sistemática. Intencionalmente no me inscribía en esa clase cuando se ofrecía, pues pensaba que si apenas la hacía en las otras, pues iba a batallar mmuchísimo con esa clase. Y no ayudaba a los rumores, que la clase siempre la daban profesores de gran renombre, autores y conferencistas de libros reconocidos nacional y mundialmente. En fin, evadí esa clase todo lo que pude, hasta que ya no era posible. 

Para entonces ya había aprendido a elegir mejor mis clases. La idea era dentro de lo posible combinar las clases de manera inteligente, una clase muy densa, con otra de diferente enfoque, para incrementar las posibilidades de salir  triunfante, jajaja.

No recuerdo con qué clase combiné la de teología sistemática, pero terminé cambiando de maestro. Por tanta demanda, abrieron otra clase con otra profesora. Yo ya me había inscrito con un profesor, pero cuando me di cuenta de quién sería la profesora de la otra clase, decidí solicitar cambio. ¿La razón? La profesora es bilingüe, y aunque la clase seguiriía siendo en inglés yo podría escribir en español.  

Cuando ese semestre empezó, entendí los rumores académicos. La clase fue pesada para todos. Sin embargo, debido a que pude escribir en español, no batallé tanto para expresarme, al menos no tanto como en las otras clases que sí tenía que escribir en inglés. En esta clase habré batallado para empezar a procesar la información, pero al menos no para articular mis preguntas.

Tomar teología sistemática para mi fue como buscar construir un puente cuando apenas conozco los números. Sentí que me faltaba entender tanto, y al mismo tiempo había que seguir adelante con la clase. 

Al final del semestre, tuve la gran sorpresa al descubrir que mi calificación fue la más alta de cualquiera de las otras clases que había tomado. Aún y cuando esa clase era la más difícil de todo el programa. 

Cuando lo comenté con la profesora, ella me dijo con mucha sabiduría:

–Es que estás escribiendo en tu idioma. No tienes que pensar en traducir. Eso te permite enfocarte y expresarte mejor.

Sí, era obvio, pero el comentario fue tan simple y tan profundo para mi. Luego se tomó el tiempo de detallarme su experiencia académica como inmigrante cubana creciendo en los Estados Unidos, y de cómo ella ha visto un proceso similar con otros estudiantes hispanohablantes. 

Luego de tener esa conversación con ella, me sentí como si hubiera sido una florecita seca que le acababan de poner agua. Me sentí viva, que podía seguir adelante con este reto que tanto significaba para mi. Es como si me hubiera dicho:

–Levántate

En la Escritura, hay un momento en el que el profeta Isaías se refiere a Jerusalén con las palabras:

–Levántate y resplandece.

Y tú, ¿has recibido alguna vez unas palabras que te llenan de vida y te llevan a resplandecer?

¿Cómo fue esa experiencia para ti?

Para mi, las palabras que escuché de mi profesora fueron tan significativas, que me animaron a seguir estudiando. Literalmente, me levantaron. 

Y tú, ¿cuándo fue la última vez que te expresaste palabras de vida?

Si el Espíritu te inspira, comparte con Jesús carpintero las últimas palabras que tú has escuchado y que te levantan en vida. Y tal vez, busques observar qué tanta vida ofrecen a ti y a los demás.

Marisol  

P.D.: Podemos escuchar acerca de la invitación a levarnos en las lecturas de la solemnidad de la Epifanía, año/ciclo A.