List@ para el camino que viene 

Me convertí en madre por primera vez a la tierna edad de 25 años. Toda la impaciencia que tuve por nueve meses simplemente desapareció cuando tuve a mi bebé en brazos. Todos esos momentos que imaginaba de ternura y misterio, de cómo otro ser humano podría crecer dentro de mi, no se comparaban con el asombro y amor que me desbordaba al contemplar a mi recién nacida, Jessica.

Eran instantes lindísimos, indescriptibles. Hasta que empezaba a llorar.

Durante mi embarazo escuchaba la experiencia de otras mamás, leía libros y revistas, y aunque sí me ayudó y orientó, el oír llorar a mi bebé no me daba respuestas definidas de qué era lo que ella necesitaba.

Mi confusión crecía, pues ya había seguido los pasos básicos. Ya le había dado de comer, la había bañado y cambiado. ¿qué más podría ser?

Mi mamá me decía entonces,:

–Llegará el momento en que vas a saber qué es lo que necesita. Reconocerás el tipo de llanto que tiene, y sabrás qué hacer.

–¿Tipo de llanto? ¡Si todo suena igual!

–Sí, lloran diferente de acuerdo a lo que necesitan o quieren. No te preocupes, lo vas a aprender, eso viene con la experiencia de ser mamá.

Y sí, tenía razón. Luego de algunas semanas de sentir que jugaba a las adivinanzas, empecé a notar esa diferencia que mi mamá mencionó.. Parte era descubrir su horario de comer y dormir, y parte adaptarme cuando ese ritmo cambiaba por su crecimiento. Me sentí tan realizada (recordarlo trae una sonrisa a mi corazón). Mis momentos de adivinar se hacían menos frecuentes cada vez.

Al momento en que Natalia, mi hija menor nació, ya tenía la experiencia de distinguir los diferentes tipos de llanto en su hermanita, por lo que me imaginé que no iba a ser tan difícil.

Haha, buen chiste.

Que fuera menos difícil no quiere decir que haya sido más fácil. Pues tenía otras responsabilidades además de otros asuntos de salud.

Aunque me tomó tiempo, sí pude descubrir esa diferencia en el llanto de mi hija menor. Sabía muy bien cuando cada una de ellas estaba cansada.

Un tiempo  después, como mis hijas se ponían a jugar juntas, Natalia no quería dejar de jugar, pero ya estaba lista para dormir. Se ponía necia, no jugaba y no dormía. Y ni dejaba dormir. Aunque me tomaba tiempo, intención y buscarle la manera, lograba calmarla para que se quedara dormidita. . .

Ya no era solo que les conocí el llanto de bebés. También les llegué a conocer el tipo de necedad que tenían ya de más grandecitas. Sabía cuando era tiempo de que dejaran de hacer lo que fuera que estaban haciendo, y prepararlas para descansar.

Todos estos recuerdos y experiencias de mis primeros años de maternidad, quedaron en el olvido hasta hace unas semanas cuando Natalia llegó del trabajo diciendo:

–Ya estoy harta, ya no quiero estar en ese lugar, hay demasiada gente, es un caos, no se cómo he aguantado tanto.

–Oh, okay… (no me concentro en sus palabras, sino en cómo me dice las cosas)

–¿Me estas escuchando? ¡Ya no quiero regresar a ese lugar!

–Está bien mi amor, te escucho. Te estoy poniendo atención.

–No me vayas a decir que tengo que regresar ahí porque no quiero y no lo voy a hacer.

–Sí, ya te escuché mi amor.

–Natalia empieza a calmarse poco a poco.

Y tú, ¿te has encontrado en alguna situación en la que sientes que ya no puedes más?

Después de otro rato le dije a Natalia:

–Ven mi amor, vamos a descansar un rato

–No quiero, yo nunca puedo dormir en el día!

–Está bien, si no quieres dormir está bien. Entonces acompáñame y yo descanso.  Si tú no te duermes no pasa nada.

–(Reniegos continúan)

Aunque era obvio que algo no estaba bien, se que el lugar donde ella trabaja es un lugar donde hay mucho respeto y profesionalismo. Por ese lado no tenía ningún pendiente.

Luego me puse a atar cabos. La noche anterior Natalia había dormido solo cuatro horas, y la noche previa seis horas. Y ese turno del trabajo del que llegó bastante molesta, fue el primero. Tenía pocas horas de sueño, mas lo que le tocó hacer en su trabajo.

Entonces, cuando llegó a casa, y escuché su  manera de hablar, me remontó a esas experiencias de cuando ella estaba pequeña, y es como si hubiera visto la misma escena, mismas actitudes, misma resistencia a descansar en versión juvenil. Decidí seguir  mi intuición maternal

Al final de cuentas se quedó dormida en menos de 10 minutos. Bastante rápido para alguien “que no puede dormir durante el día”.

Hubo alguien más que tuvo una experiencia muy similar a la de Natalia, fue el profeta Elías. El se quejó también en su camino. Después de quedarse dormido, comer y descansar más,, Elias tuvo fuerza para seguir adelante en su jornada.

El descanso apropiado, el alimento adecuado, era lo que Elias y mi hija necesitaron, y en su momento, mi hija decía que eso no tenía nada qué ver. Y cuando se levantó, después de descansar, y después de comer, era otra persona. Natalia luego comentó:

–Creo que sí estaba más cansada de lo que creí. Ahora puedo ver las cosas diferentes. El día estuvo no muy diferente a otros, y nunca me había sentido así. Era yo, era mi cansancio.

En tu caso, ¿te sientes cansad@ al extremo de decir:

–¡Ya no quiero más!

Si este es tu caso, tal vez la invitación sea, antes de que decidas cómo proceder con lo que ya no quieres, descansar apropiadamente, y alimentarte apropiadamente. Pues estamos en el camino.Y como a Elias, aún nos queda camino por recorrer.

El descansar y alimentarse adecuadamente, simplemente es necesario. ¿Qué podrías hacer para conseguir lo más cercano a un descanso y alimentación adecuados?

Fue el ángel del Señor quien atendió a Elías. Quizás Dios también te envíe ángeles para apoyarte, y que puedas seguir tu camino. Cuando aparezcan esas personas en tu vida, recibe el apoyo. También seguramente tú serás ángel para otro peregrino en otro momento.

Si el Espíritu te inspira, comparte con Jesús carpintero los pequeños cambios que puedes hacer para descansar y alimentarte mejor, y así estar list@ para el camino que te espera.

Marisol

P.D: Podemos escuchar cómo Elías descansó y siguió adelante en las lecturas del XIX domingo del tiempo ordinario, año / ciclo B.