¡Hola nuevamente!
Qué gusto compartir contigo.
Hace algún tiempo supe de una persona que le era difícil pedir ayuda en algunas áreas de su vida. En asuntos prácticos, o en cuestiones de trabajo, no tenía problema, o no dudaba en solicitar apoyo cuando lo necesitaba. Pero en cosas un poco más personales, no se sentía tan cómoda al pedir ayuda. Para alguien que no le conoce de manera cercana, cualquiera podría decir que tiene una seguridad personal admirable. Sin embargo, ella no se identifica con esa descripción, ella se define como una persona un tanto insegura, que duda mucho, y que no quiere molestar.
Esto me recordó conversaciones que escuché cuando era pequeña. Eran entre mamás de amiguitas, mi mamá y tías, dándonos consejos cuando íbamos a casas ajenas a jugar. Entre varias recomendaciones de portarnos bien, también nos decían que no pidiéramos cosas de más, o como decían de otra manera, “no sea pediche”. Ahora lo veo con ternura, pero en aquel entonces no entendía por qué nos decían eso.
En mi práctica de acompañamiento espiritual, he tenido el privilegio de caminar con varias personas para quienes pedirle a Dios les es un tanto complicado, , o lejano. No es difícil encontrar la similitud entre experiencias tempranas, de haber sido educados a no pedir, con la dificultad de expresarle a Dios algo que anhelan.
Desde el punto de vista de la relación personal con Dios, algunas consecuencias de esto se revelan en no poner atención en nuestro interior a lo que queremos o necesitamos. Esas palabras “no sea pediche”, si nos las dijeron muchas veces, pueden estar grabadas profundamente en nuestro ser. Lo que en veces esto ocasiona es asumir que uno está mal por 1) querer algo, y 2) pensar que Dios “tiene“ tiempo y atención para uno. ¿El posible resultado? El no intentar notar lo que hay en el interior, y el asumir que a Dios no le interesa escucharnos. Y si uno llega a expresar lo que uno quiere, hay una gran duda de que Dios escuche, y menos aún, que Dios responda.
¿Cómo te va a ti cuando le pides algo a Dios?
O,
¿Le pides a Dios?
En el antiguo testamento hay varios ejemplos de pedirle algo a Dios. Uno de ellos lo menciona Moiseés al pueblo hebreo. Resulta que hubo un momento en que el pueblo hebreo le pidió algo a Dios en el monte Horeb. Y fue Moisés quien les dio la respuesta de parte de Dios.
Dios escuchó, y Dios respondió.
En cuanto a la persona que tenía dificultad en pedirle a Dios, se dio cuenta de algo. Cuando ella estaba en situaciones de trabajo, no tenía problemas en pedir, ni en recibir. Y en su relación con Dios, no recibía, por que casi ni pedía.
Aunque la oración no consiste solo en pedir y recibir, ciertamente es una expresión importante en nuestra relación con Dios.
¿Qué te parece si reflexionamos en nuestra parte de la oración de petición? ¿Cuál es la postura interna en la que te encuentras al pedirle algo a Dios?
No me refiero a cómo o cuándo Dios te responde, sino a la postura interna en la que tú y yo nos encontramos al descubrir que hay algo que necesitamos o anhelamos.
Dios está presente, y Dios hará su parte, pero esta pregunta se refiere a nuestro interior.
¿Cómo te sienta el pensar que tienes algo con lo que necesitas ayuda?
¿Cómo te sientes con la posibilidad de expresarlo?
¿Cómo te sientes con el hecho de que tienes una necesidad?
¿Sienes que Dios te escucharía y que atendería a tu petición?
Solo tú puedes descubrir la respuesta, en tu interior.
Te invito a que te des un tiempo, con intención y atención, a escucharte. Y lo que llegue a surgir, es un tesoro.
Con anhelo de escuchar(te),
Marisol
P.D. El relato de la respuesta de Dios al pueblo hebreo lo puedes encontrar entre las lecturas del IV Domingo del tiempo ordinario, ciclo B.

