A unos pasos de la puerta de mi casa se encuentra un árbol grande, maduro y frondoso. El tronco en sí mismo ha de tener aproximadamente dos metros de altura antes de que se llegaran a esparcir las ramas más gruesas. No podría yo unir mis manos si quisiera al abrazarlo, pues el tronco es más grande que lo que mis brazos pueden abarcar.
Las raíces han brotado de la tierra, y hasta han quebrado algunos bloques de cemento cercanos, invitando a poner atención y cuidado el caminar alrededor.
Al pasar de los años, éste árbol de edad desconocida para mi, ha seguido creciendo.
Cuando recién nos cambiamos a este domicilio, fue durante el verano, por lo que sus ramas estaban cargadas de hojas verdes. Unos meses después, con la entrada del otoño, aparentemente de un día para otro las hojas cambiaron de un verde vivo, a un naranja opaco.
Al las hojas estar cada vez menos adheridas al árbol, fue más fácil para el viento ligero el removerlas. El resultado fue una alfombra crujiente y caprichosa que tapaba la visibilidad de la vereda de entrada a la puerta.
Hace varios años, en uno de estas escenas, mis hijas se pusieron a juntar las hojas con la intención de hacer un montón muy grande para correr y saltar en las hojas secas. Sacaron el rastrillo, juntaban y juntaban hojas, mientras el suave viento las esparcía una y otra vez. Cuando lograron más o menos reunir la cantidad de hojas que querían, fue que empezaron a jugar. Tomaron espacio, empezaron a correr, y saltaron. Y… en medio de risas y carcajadas, se dieron un sentón. Descubrieron que la cantidad de hojas no era suficiente para amortiguar el peso de sus aún pequeños cuerpecitos.
Aunque estaban un tanto decepcionadas, se las arreglaron para seguir jugando. Lo que hicieron en seguida, fue ir por el perrito. Tenemos un perrito de raza pequeñita, que es muy dócil y tierno. Pues fue el perrito el que terminó en el montón de hojas una y otra vez. Para el tamaño y peso del perrito, la cantidad de hojas, sí era suficiente para amortiguar el salto.
Cuando el frío y el hambre fueron lo suficientemente fuertes, mis hijas entraron a casa, con entusiasmo de jugar al día siguiente de regreso de la escuela.
Coincidió con que al siguiente día, uno de los vecinos se puso a limpiar el espacio común, y recogió todas las hojas secas.
Cuando mis hijas llegaron, y vieron todo limpio de hojas, se decepcionaron y se pusieron tristes. Como no todas las hojas del árbol se habían caído, les dije:
-Vamos a ver cuántas hojas más caen con el viento nuevamente, y podrán hacer otro montón.
A lo que una de mis hijas respondió:
-Me siento mal por el árbol, tiene ya poquitas hojas, y ya se le han caído muchas.
-Sí, es cierto, y aún tiene algunas otras más.
-Sí, ya se, pero de todas maneras me siento mal por el árbol. ¿Qué no le duele cuando se le caen las hojas?
La ternura e inocencia del comentario me arrancó una sonrisa y me dejó pensando a la vez.
Cada año, éste árbol suelta todas sus hojas, y lo hace sin reservas. Todo lo suelta, todo lo deja ir. No se queda con nada. Y lo suelta para renovarse, para seguir creciendo. Arboles como éste, dan aún más follaje cuando se podan.
En uno de los pasajes más complicados para mi, Jesús les dice a los apóstoles, que si tu mano, oho y pie es ocasión de pecado, es mejor cortar, sacar y dejar ir, para así entrar al reino de los cielos.
Mi hija, en toda su inocencia, se sentía mal por pensar que al árbol le dolía soltar las hojas. El árbol puede renovar sus hojas cada año gracias a que hay espacio para que le crezcan más. Sigue un curso natural de las estaciones.
¿Será que podemos aprender algo del árbol que cada año deja ir lo que con tanto tiempo creó?
La mano, el ojo y el pie son partes de nuestro cuerpo, y aunque tomar el pasaje literalmente es un tanto drástico, Jesús nos quiere decir algo.
¿Cómo recibes tú estas palabras de Jesús? ¿Sería que Jesús se refiere a dejar ir algo que se considera “muy propio”? ¿Algo que al soltarlo nos permite crecer?
No estoy segura que para el árbol sus hojas y ramas sean ocasión de pecado. Pero sí podemos aprender de lo que la naturaleza nos enseña, de que dejar ir algo muy muy propio, no es el final.
Por muy “propio” que sea, ¿hay algo que Jesús te invite a dejar ir, a soltar, a cortar?
Si el Espíritu te inspira, comparte con Jesús carpintero qué es lo que te atreves a dejar ir. Y tal vez, juntos podrán ver tu crecimiento y renovación.
Marisol
P.D. Podemos escuchar acerca de lo valioso de dejar ir lo necesario en las lecturas del XXVI domingo del tiempo ordinario, año / ciclo B.

