Creciendo en la bella ciudad de Zacatecas, tengo algunos recuerdos de mi infancia, de cuando mi hermano y mis primos se ponían a jugar a las luchitas, mientras mis primas y yo jugábamos con muñecas (generalmente Barbies).
Eran usualmente los fines de semana, cuando la familia de mi mamá se reunía en casa de mis abuelitos maternos. Mi abuelito entraba y salía de casa, según sus compromisos. Cuando entraba a la casa, varios de nosotros sus nietos nos acercábamos a “pedirle un 20”, que en otras palabras era pedirle una moneda de 20 centavos. El hacerlo era como aventar una moneda al aire y no saber qué sale, pues a veces sí nos daba “el 20”, y otras veces ”el 20” era un buen apretón en el cachete.
Mientras mis primas y yo jugábamos con nuestras muñecas, escuchábamos a los niños con sus gritos por sus juegos. Ocasionalmente, también escuchábamos alguna de nuestras tías diciéndoles que calmaran sus ímpetus, que se trataba de jugar, y no de lastimarse.
Era también por ese tiempo, que pasaban por la televisión películas de luchadores, protagonizadas por”El Santo”, quien se convirtió en una figura heróica popular. Sus películas tenían una variedad de títulos describiendo sus aventuras más allá del cuadrilátero. No fue sino hasta pasando algún tiempo que descubrí que “El Santo” no era solamente un actor que inspiraba películas y luchitas entre mis primos, era un luchador real en ese género deportivo.
Recuerdo que en algunos domingos, mi hermano y mi papá se ponían a ver juntos algunas de esas películas en la televisión, y en otras ocasiones, veían las luchas como alternativa a ver el box. Hubo un momento en el que tuve gran confusión cuando en las peleas, el narrador deccía “máscara contra cabellera”. Luego me explicaron que un luchador tenía su cara cubierta con una máscara, y el otro tenía su cabello inusualmente largo. De ahí los sobrenombres.
Si el luchador que ganaba tenía máscara, quería decir que el luchador con cabellera la perdería. Como parte de perder la pelea, le rapaban la cabeza. Y si el ganador era el luchador con cabellera, el luchador enmascarado tendría que revelar su identidad quitándose la máscara.
Personalmente, no le encontraba mucho sentido a las luchitas, pero veía que mi papá y hermano sí. Y también mis primos. ¿ Por qué seguir con eso cada semana? A mi los luchadores me parecían todos iguales, y pensaba que cada semana eran los mismos luchando.
Pero ni eran los mismos cada semana, ni las peleas eran iguales, unas eran más importantes que otras. Si es que lo entenddí bien, había eliminatorias y campeonatos.
Y ándale, que pasando el tiempo había algo en mi interior que eran como las luchitas de cada semana. Cosas que tenía que explorar internamente, que parecía no una temporada de lucha libre, sino como las luchitas de juego entre mis primos. Algo no violento, pero constante.
¿Cuáles son tus luchitas? ¿Cuál es tu cuadrilátero? ¿Qué tan larga o corta es la temporada? Hasta podemos tener categorías entre distintos “luchadores”. Lo fiel de la metáfora me hace reír, tengo varios campeonatos.
Lejos de ser peleas a golpes reales, estas “luchitas” son para mi la búsqueda de encontrar lo que es adecuado para mi de acuerdo al amor que Dios me tiene. ¿Cómo puede tu vida y mi vida dar más fruto en su amor? Jesús dice que para dar fruto, el grano de trigo tiene que morir.
Regresando a las peleas de los luchadores, si uno de ellos estaba a punto de perder, tenía una alternativa para conservar su máscara o su cabellera, y aún perder. Rendirse.
Es válido tener luchas internas, por largas que sean. Lo bueno es que Jesús tiene paciencia. Tú y yo podremos seguir aprendiendo al observar cómo hace lo que hace. Con su manera de vivir y morir, redefine lo que es ganar, perder y rendirse.
¿Hay algo con lo que estés luchando internamente?
Pon atención a tu alma. Jesús sintió la suya agitada.
Si descubres que es el caso, recuerda que es una invitación, no una imposición. Tal vez tu lucha y la mía, sea aceptar la invitación a morir, vivir y dar fruto.
Marisol
P.D. Puedes escuchar a Jesús refiriéndose a las semillas de trigo en las lecturas del V Domingo de cuaresma, ciclo / año B.

