De jovencita, adquirí un gusto por el ejercicio. Mientras cursaba mi licenciatura, acudí al gimnasio entre 3 y 5 días a la semana, de acuerdo al horario de cada semestre. Me levantaba temprano a la clase de 6 o 7 de la mañana, de acuerdo al horario de cada semana. No se trataba de competencia, pero recuerdo que me sentía bien.
Entre mis estudios de piano y de cello, estar sentada por varias horas era parte de mi rutina. Las veces que pasaba tiempo sin que acudiera al gimnasio, curiosamente las piernas me empezaban “a pedir” movimiento.
Esa rutina de ejercicio constante tuvo que cambiar cuando me convertí en jóven madre. Mis responsabilidades habían cambiado, y mis prioridades también.
Varios años después, cuando mis hijas y mis responsabilidades se acomodaron, pude regresar al gimnasio de manera constante. Una sensación de bienestar, que había estado anhelando en mi cuerpo se hizo presente nuevamente. Le di la bienvenida, y mi rutina volvió a cambiar, ahora incluyendo las visitas regulares a lo que llegué a considerar mi segundo santuario.
Esta nueva rutina tuvo que cambiar nuevamente con la llegada de la pandemia. En su lugar, tomaba largas caminatas. Aunque no tenían el mismo efecto, era mejor que cuando no “hacía nada”.
habrá sido por genética, el ejercicio, o por todo junto, pero yo me había considerado como una persona generalmente sana. La única cirujía que había tenido era la cesárea de mi segunda hija, pues dos semanas antes de la fecha de parto se volteó.
Fuera de eso, mi salud había sido algo hasta cierto punto predecible.
Y a ti, ¿te ha pasado que percibes alguna área de tu vida como predecible o estable?
Aquél sentido de estabilidad de mi salud se vió interrumpido cuando me admitieron al
hospital de emergencia en noviembre de 2021. Todo esto me tomó de sorpresa, pues era aparentemente “de la nada”.
Estuve internada en el hospital por una semana tras una cirujía para removerme un tumor cerebral que ni siquiera sabía que tenía.
Decier que esto me tomó por sorpresa queda corto. No sabía donde “poner” mi fe. Lo que más anhelaba mi corazón era seguir siendo la mamá de mishijas.
Gracias a san Ignacio de Loyola, he cultivado la práctica de orar con la imaginación. Esta práctica se puede conocer como oración contemplativa por medio de la imaginación, y es parte esencial dentro de los ejercicios espirituales.
A grandes rasgos esta manera de orar nos invita a hacernos presentes, en un ambiente de oración y por medio d la imaginación, en una escena bíblica mientras involucramos a todos los sentidos. Esta es una experiencia realmente profunda, que toca todas las áreas del ser.
En mi estancia en el hospital y en lo que sentí que fue un largo tiempo de recuperación, tuve el espacio y tiempo necesario para invertir en esta manera de oración.
El pasaje bíblico que me “llamaba” era cuando Pedro quería caminar sobre las aguas. Yo quería tener más fe que la de Pedro, pero mi oración me llevó a un lugar diferente.
En esta manera de orar, la libertad interior es bienvenida, somos invitados a notar a dónde es que la imaginación nos lleva. La escena bíblica es el punto de partida, y el desenvolvimiento es entre Dios y cada persona.
En una de las ocasiones en las que me encontraba orando con este pasaje bíblico, mi imaginación me llevó a un lugar impredecible.
Yo observaba cómo Jesús se acercaba al agua, y yo estaba ahí. Conversando, le dije que quería pasar tiempo con él, y solo con él. Entonces, jesús tomó mi mano, y juntos caminamos sobre las aguas. La dirección que tomamos era hacia la barca donde estaban los discípulos, pero yo le repetía a Jesús que solo quería pasar tiempo con él.
El caos que yo percibía en mi vida, en ese entonces iba más allá de mi salud, y yo anhelaba paz. Yo “sabía” que Pedro iba a querer caminar sobre las aguas también, pero yo no quería estar con más gente, sino solo con Jesús.
Lo que sucedió entonces no lo pude haber imaginado conscientemente.
En lugar de que Jesús y yo siguiéramos caminando sobre las aguas, Jesús y yo nos sumergimos a la profundidad. Y todo era calma, silencio y paz. No nos ahogamos, no había necesidad d nadar, y la gravedad era similar a la de la superficie.
Al escribir esto, mi cuerpo recuerda y suspira.
No hubo diálogo, sermones, enseñanzas, reproches o preguntas. Solo silencio, y presencia atenta, amorosa y cálida.
Para ti, ¿qué significa caminar sobre las aguas? Y ¿qué significaría hundirte?
La mayoría de las reflexiones que me ha tocado escuchar al respecto de este pasaje, son una sutil o directa crítica a la fe de Pedro. Sin embargo, Jesús no lo soltó.
Aunque yo no estaba en un lugar estable en mi vida, que hasta sentí hundirme, Jesús estaba conmigo, en la hondura de la profundidad de mi ser. Y no por eso tenía “menos” fe.
¿Qué es lo que tú crees? ¿Crees que Jesús está solo contigo en la superficie? ¿Creerías que Jesús no estaría contigo en la profundidad?
Si el Espíritu te inspira, comparte con Jesús carpintero lo que percibes que tienes de fe, si mucha o poca. Y tal vez, descubras que tengas la fe que tengas, Jesús te sostiene de la mano.
Marisol
P.D.: Podemos escuchar el relato de Jesús caminando sobre las aguas en las lecturas del XIX domingo del tiempo ordinario, año / ciclo A.
P.D.2: Para ti que buscas profundizar en tu relación con Dios, te invito a inscribirte en el programa de Espiritualidad Cristiana que ofrecerá el Centro para la Religión y la Espiritualidad de la Universidad Loyola marymount en el otoño del 2026. https://crs.lmu.edu/espanol/programas/espiritualidad/

